Familia sin nombre
Familia sin nombre La puerta del castillo estaba abierta; el sargento entró primero, el sacerdote después, y un centinela cerró detrás de ellos.
Subieron por una estrecha escalera que se desarrollaba hasta el primer piso en el espesor de la muralla. Cuando llegaron al descansillo, el sargento abrió la puerta que se hallaba enfrente de ellos y el sacerdote entró en el despacho del comandante.
El mayor Sinclair era hombre de unos cincuenta años, de carácter y modales rudos, muy inglés por su tiesura y muy sajón por la poca sensibilidad que le inspiraban las miserias humanas; por lo tanto, era muy posible que rehusara al sentenciado la asistencia de un sacerdote, ya por esto o ya porqué hubiera recibido órdenes al efecto que no podía infringir. Acogió con poca o ninguna cortesía a Joann; pues ni siquiera se levantó de la butaca en que estaba sentado, ni soltó la pipa, cuyo humo llenaba la habitación, medianamente alumbrada por una pequeña lámpara.
—¿Sois sacerdote? —preguntó a Joann, que estaba de pie delante de él.
—Sí, señor.
—¿Venís para auxiliar al reo?
—Si es que me lo permitís…
—¿De dónde llegáis?
—Del condado de Laprairie.
—¿Allí supisteis su captura?