Familia sin nombre
Familia sin nombre —Si, señor.
—¿Y también su condena?
—Me lo han dicho aquà a mi llegada, y he pensado que el mayor Sinclair me otorgarÃa el permiso para ver al preso.
—¡Sea! Os haré avisar cuando sea tiempo, —respondió el comandante.
—Nunca es demasiado pronto, —repuso Joann—, cuando un hombre está condenado a muerte…
—Ya os be dicho que mandaré que os avisen. Esperad en la aldea próxima, en donde un soldado os llevará mis órdenes.
—Permitidme que insista, señor Mayor, —repuso el sacerdote—. Es muy posible que estuviera yo ausente cuando el reo necesite mis auxilios. Dignaos, pues, permitir que le vea en seguida…
—Os repito que os mandaré aviso, —replicó el comandante—. Está prohibido que nadie, absolutamente nadie, comunique con el prisionero antes de la hora en que deba cumplirse la sentencia. Espero esa orden de Quebec, y cuando llegue, el reo tendrá todavÃa dos horas para prepararse a morir; esas dos horas bastarán ¡qué diablo!, y las emplearéis como mejor os convenga para la salvación de su alma. El sargento os llevará hasta la poterna.