Familia sin nombre
Familia sin nombre Ante esta negativa tan rotunda, Joann no tenÃa otra cosa que hacer más que retirarse; pero no podÃa resolverse a ello.
No ver a su hermano, no poder concertarse con él, era hacer impracticable toda tentativa de evasión. Asà es que iba a descender a suplicar para obtener del comandante que revocara su decisión, cuando la puerta del despacho se abrió, presentándose el sargento en el umbral.
—Sargento, —le dijo el mayor Sinclair—, acompañad a este sacerdote hasta la salida del fuerte, y no podrá volver hasta que yo le mande buscar.
—Se ejecutará la consigna, señor comandante, —respondió el militar—; pero si he venido a interrumpiros ha sido para avisaros de que un correo acaba de llegar.
—¿Viene de Quebec?
—SÃ, mi comandante, y trae este pliego.
—Dádmelo pronto, —dijo Sinclair.

Y arrancó, más bien que tomó, el sobre que le presentaba el sargento.
Joann se puso tan pálido y se sintió tan desfallecido, que su palidez y su desfallecimiento hubieran parecido sospechosos al Mayor si en aquel momento hubiera fijado la vista en el sacerdote…