Familia sin nombre
Familia sin nombre El sacerdote, guiado por el sargento, bajó la escalera, pues la celda del prisionero ocupaba un ángulo del piso bajo de la fortaleza en el extremo de un pasillo; el sargento alumbraba con el farol aquel oscuro pasadizo y se paró delante de una puerta estrecha y baja, cerrada exteriormente con dos cerrojos.
En el momento de abrir se acercó al abate, diciéndole en voz baja:
—Cuando queráis marcharos, ya sabéis que mi consigna es conduciros fuera del recinto…
—Ya lo sé, —respondió Joann. Esperadme en este corredor; os avisaré.
El sargento abrió en seguida la puerta de la celda.
Reinaba en el interior una profunda oscuridad, y acostado sobre un malÃsimo petate, Juan dormÃa tan profundamente que no se despertó ni con el ruido de los cerrojos ni con la entrada de los visitantes. El sargento se aproximó al prisionero para tocarle en el hombro; pero con un gesto el abate Joann se lo impidió.
El militar dejó el farol en una mesita, salió y cerró la puerta con mucha suavidad.
Los dos hermanos estaban solos; el uno durmiendo, el otro arrodillado y rezando.
¡Cuadro conmovedor y sublime, digno de ser representado por el pincel del más inspirado de los artistas!