Familia sin nombre
Familia sin nombre —Vistiéndote con mi traje; hay bastante parecido entre nosotros para que nadie advierta la sustitución de persona; además, es de noche, y apenas se fijarán en ti a la escasa luz del farol, ni en el corredor ni en el patio interior. Con el sombrero inclinado sobre los ojos, es imposible que te conozcan. Cuando hayamos cambiado de ropa, yo me iré al fondo de la celda, y llamaré; el sargento vendrá a abrir según hemos convenido y tiene la consigna de acompañarme hasta la poterna. Abrirá tan luego como oiga mi voz y será a ti a quien conduzca, y no a mÃ.
—Hermano mÃo, —respondió Juan—, ¿has podido creer que consentiré jamás que te sacrifiques por mÃ?
—¡Es preciso! Tu presencia es más que nunca necesaria para animar a los patriotas.
—Después de nuestra derrota, ¿no han desesperado de la causa nacional?
—¡No! Están reunidos en el Niágara, en la isla Navy, prontos a empezar de nuevo la lucha.
—¡Que lo hagan sin mÃ, Joann…! El éxito de nuestra causa no depende de un hombre… No quiero que arriesgues tu vida para salvarme…
—¡Es mi deber, hermano mÃo! ¡Bien sabes cuál es el objeto que nos hemos propuesto alcanzar…! ¿Hemos cumplido ya nuestra misión…? ¡No…! Ni siquiera hemos sabido morir para reparar el mal…