Familia sin nombre

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—Ciertamente; y creo también que de este modo tendrás tiempo de unirte a tus compañeros en la isla Navy y de traerlos aquí para libertarme…

—¡Hay veinte leguas de distancia, hermano!

—¡Rehúsas, Juan! Pues bien, hasta aquí he suplicado.

¡Ahora mando…! ¡Ya no es tu hermano quien te habla, es un ministro del Señor! ¡Si has de morir, que sea combatiendo por nuestra causa, pues de otro modo nada habrás hecho en la sagrada tarea que te incumbe! ¡Además, si no huyes, me doy a conocer, y el abate Joann caerá bajo las balas anglosajonas al lado de Juan Sin Nombre…!

—¡Hermano…!

—¡Huye, Juan…! ¡Huye…! ¡Lo quiero…! ¡Nuestra madre, lo desea también…! ¡El país te espera!

El desgraciado prisionero, vencido por la ardiente palabra de su hermano, se decidió a obedecer; y en verdad que contribuyó mucho a ello la idea que le asaltó de poder volver a Frontenac en un breve plazo con algunos centenares de patriotas y dar libertad al que tan noble y generosamente se sacrificaba por él.

—¡Estoy pronto! —exclamó.

El cambio de traje se hizo rápidamente, y bajo el ropaje talar hubiera sido difícil conocer al joven patriota.


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