Familia sin nombre
Familia sin nombre El sargento abrió la puerta, y dirigiéndose a Juan, cuya fisonomÃa ocultaba el ancho sombrero:
—¿Estáis pronto? —preguntó.
Juan hizo una señal afirmativa.
—¡Venid, pues!
El soldado cogió el farol, hizo salir a Juan, y cerró la puerta.
¡Cuántas angustias experimentó Joann durante algunos momentos! ¿Qué sucederÃa si el mayor Sinclair se encontrase en el corredor o en el patio cuando pasara su hermano, si le detuviera y le preguntase cual era la actitud del sentenciado?
Si la sustitución de persona era descubierta, el prisionero serÃa fusilado inmediatamente. Al mismo tiempo pensaba, y esto le desgarraba al alma, que los preparativos de la ejecución debÃan haber empezado ya, que la guarnición habrÃa recibido las órdenes del comandante, y que el sargento podÃa hablar de esto guiando a Juan hacia la salida, en cuyo caso éste querrÃa volver a su prisión para que su hermano no muriese en su lugar.
Joann, con el oÃdo pegado a la puerta, escuchaba; pero apenas si los latidos de su corazón le permiten oÃr los rumores de fuera.
Por fin un ruido lejano llegó basta él y cayó de rodillas, dando gracias a Dios.
La poterna acababa de cerrarse.
—¡Libre! —murmuró el pobre Joann: