Familia sin nombre

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En efecto; Juan no había sido conocido. El sargento, marchando delante de él con el farol en la mano, le había guiado por el corredor y el patio hasta la poterna, sin dirigirle la palabra, favoreciéndole mucho la circunstancia de que ni los oficiales ni los soldados eran sabedores todavía de que la ejecución iba a verificarse tan pronto. Cuando llegaron al cuerpo de guardia, Juan volvió algo la cabeza por precaución, y después de pasar el umbral de la poterna, el sargento le pregunto:

—¿Volveréis para asistir al reo en sus últimos momentos?

—Sí, —contestó Juan.

Un instante después se hallaba solo y libre.

Pero se alejaba de Frontenac con mucha lentitud; no podía resolverse a dejar aquel sitio; parecíale que un lazo le detenía al lado del fuerte; se reprochaba el haber cedido a las instancias de su hermano para marcharse en su lugar, pues todos los peligros de aquella sustitución se presentaban ahora a su mente con una claridad que le asustaba. Algunas horas más tarde, al llegar el día, entrarían en la prisión; su huida sería descubierta y agobiarían a Joann con malos tratos, si no es que recibía la muerte en premio de su heroico sacrificio.


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