Familia sin nombre

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Estos pensamientos conmovían al pobre proscrito hasta el extremo de impelerle a volver atrás. ¡Pero no! Lo mejor era apresurar el paso, reunirse con sus parciales en la isla Navy y empezar una nueva campaña, apoderándose del fuerte de Frontenac para libertar a su hermano. Las vacilaciones son siempre perjudiciales, se decía; adelante, pues no hay tiempo que perder.

Juan atravesó la playa, dio la vuelta al lago al pie del recinto de empalizadas, y se dirigió hacia el bosque en donde debía encontrar a Lionel. El blizzard reinaba en toda su violencia; los témpanos acumulados en las orillas del Ontario chocaban unos con otros y se hacían tan imponentes como los icebergs o bloques de los mares árticos. La nieve caía en torbellinos tan espesos, que no podía caminar con seguridad por en medio de aquellas ráfagas; no sabía si se hallaba en la superficie endurecida del lago o en la playa, y procuraba orientarse andando hacia los grupos de árboles que vagamente distinguía en medio de la oscuridad.

Llegó al fin al bosque.

Era evidente que Lionel no le había visto, porque de lo contrario hubiera salido a su encuentro.

Juan se deslizó entre los árboles, inquieto por no encontrar al joven en el sitio indicado por su hermano, y no queriendo llamarle por su nombre, temiendo comprometerle en el caso en que le oyera algún pescador retrasado.


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