Familia sin nombre

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Al oír este nombre, pronunciado tan de repente, Clary sintió una profunda conmoción, y temiendo sin duda que advirtieran el rubor que invadió su rostro, se levantó para apoyar su ardorosa frente en la ventana.

—¿Qué tenéis, Clary? —preguntó Vicente Hodge—, levantándose a su vez para acercarse a ella:

—¿Te sientes mal? —añadió el señor de Vaudreuil—, haciendo un esfuerzo para dejar su butaca.

—¡No, padre mío, no es nada…! Un poco de aire bastará para aliviarme.

Vicente Hodge abrió una hoja de la ventana, y volvió a sentarse enfrente del señor de Vaudreuil.

Éste esperó algunos instantes, y cuando Clary volvió a su lado, la cogió una mano, al mismo tiempo que dirigía la palabra a Vicente Hodge:

—Amigo mío, —dijo—: por más que el patriotismo haya sido el afán constante de vuestra existencia, ha dejado ciertamente en vuestro corazón un sitio para otro sentimiento. Sí, Hodge; sé que amáis a mi hija, y sé también hasta que punto os estima Clary. Moriré más tranquilo si tenéis el derecho y el deber de velar por ella, que quedará sola en el mundo cuando yo muera. Si mi hija consiente, ¿queréis aceptarla por esposa?

Clary había retirado la mano de la de su padre, y, mirando al joven, esperó su contestación.


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