Familia sin nombre
Familia sin nombre —Padre mÃo, —dijo—. ¡Tengo para vos el más profundo respeto! ¡Hodge, os profeso mucha estimación y un cariño de hermana; mas no puedo ser vuestra esposa!
—¿No puedes… Clary? —murmuró el señor de Vaudreuil—, cogiendo por el brazo a su hija.
—¡No, padre mÃo!
—¿Y por qué?
—¡Porque mi vida pertenece a otro!
—¡A otro…! —exclamó Vicente Hodge, que no fue dueño de ocultar sus celos.
—¡No seáis celoso, Hodge! —replicó la joven—. ¿Por qué lo serÃais? ¡El que amo, y que nada supo de mi amor; el que me amaba, y que nunca me ha hablado del suyo; no existe ya! Si hubiese vivido, es muy posible que jamás hubiera sido mi esposo; pero ha muerto, ha muerto por su paÃs, y quiero ser fiel a su memoria…
—¡Entonces es Juan…! —exclamó el señor de Vaudreuil:
—SÃ, padre mÃo, es él…
Clary no pudo acabar su respuesta.
—¡Morgaz…! ¡Morgaz…!
Tal fue el nombre que se oyó algo lejos, en medio de estrepitosos clamores, hacia la parte Norte de la isla, y precisamente en la orilla del Niágara, en donde se hallaba la casa del señor de Vaudreuil.