Familia sin nombre

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Juan estaba impasible. Sosteniendo a su madre con un brazo, rechazaba con el otro a la multitud impetuosa que le acometía. Los señores de Vaudreuil, Farran, Clerc y Lionel en vano procuraban contenerla; y en cuanto a Vicente Hodge, al encontrarse frente a frente con el hijo del que vendió a su padre, del hombre que sabía era amado de Clary, sintió la cólera y el odio invadir su cerebro; pero, rechazando sus ideas de venganza, sólo pensaba en defender a la joven de las hostiles disposiciones que le valían su adhesión a Bridget.

—¡Pues bien, sí, soy Juan Morgaz!.

Que tan duros sentimientos de aversión y de venganza se manifestasen respecto a aquella desgraciada mujer, haciéndola responsable de las traiciones de Simón Morgaz, era una solemne injusticia que no se comprende sino viniendo de una muchedumbre que no reflexiona; pero que la presencia de Juan Sin Nombre, del ciudadano que era el alma de la independencia canadiense, no detuviera aquellos excesos, no se podía explicar, después de lo que sabían había hecho por el país.

La indignación que Juan experimentó ante acto tan reprensible fue tal, que, pálido de ira y no rojo de vergüenza, exclamó con una voz que dominó el tumulto:


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