Familia sin nombre

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Mientras que Vicente Hodge, Clerc y Farran permanecieron en medio de la muchedumbre para calmarla, el señor de Vaudreuil siguió a su hija. Como ella, sentía su corazón rebelarse ante tan grande injusticia, y, contra la abominable preocupación que hacía responsables a los inocentes del crimen cometido por otro. Para él, como para su hija, el pasado del padre se borraba ante la conducta de los hijos; así es que cuando Juan y Bridget llegaron cerca de una de las embarcaciones que hacían al servicio de Schlosser, les dijo:

—¡Dadme la mano, señora Bridget…! ¡Dadme la vuestra, Juan…! ¡Olvidad los ultrajes de aquellos desgraciados! ¡Algún día conocerán que estáis muy por encima de esos oprobios, y os pedirán que los perdonéis!

—¡Nunca! —exclamó Juan, dirigiéndose hacia la embarcación, pronta a alejarse de la orilla.

—¿Adónde vais? —le preguntó Clary.

—A cualquiera parte, en donde no nos alcance el desprecio de los hombres.

—Señora Bridget, —repuso entonces la joven en voz bastante alta para ser oída de todos—; os respeto como si fuerais mi madre. Hace poco, creyendo muerto a vuestro hijo, juré ser fiel a la memoria de aquél a quien hubiera yo querido consagrar mi vida entera… ¡Juan, os amo…! ¿Me queréis por esposa?


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