Familia sin nombre

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En cuanto a los hijos, tal vez se hubiera podido observar en ellos alguna diferencia en su actitud respecto al jefe de la familia. El mayor, Joann, se apartaba muchas veces de los demás, no atreviéndose siquiera a reflexionar en el oprobio que recaería en adelante sobre su apellido; rechazaba, para no tener que profundizarlos, los argumentos en pro o en contra que se presentaban en su espíritu. No quería juzgar a su padre, temiendo que su juicio fuera imprudente; cerraba los ojos, se callaba y se alejaba cuando su madre o su hermano hablaban en favor del autor de sus días. Era evidente que el infeliz adolescente temía encontrar culpable al hombre que la había dado el ser.

Juan, por el contrario, obraba de muy diferente modo; creía firmemente en la inocencia del cómplice de Walter Hodge, de Farran y de Clerc, aun cuando se elevaban tantas voces para acusarte. De un carácter más impetuoso que Joann, pero menos dueño de su juicio, se dejaba llevar de sus instintos de cariño filial, asiéndose a ese lazo de la sangre que la naturaleza hace tan difícil de romper.

Cuando algunas veces oía ciertas conversaciones referentes a Simón Morgaz, quería defender a su padre en público, y era precisa la intervención de su madre para impedirlo que se entregara a algún acto de violencia.


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