Familia sin nombre

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Las baterías de Chippewa hacían grandes destrozos en el campo de los patriotas.

Ni siquiera recibió Juan la menor rozadura.

—¡Patriotas, en guardia! —exclamó.

Todos esperaban, que los contrarios estuvieran a tiro para empezar el fuego.

Los sitiadores iban echados en las barcas, para ofrecer, menos blanco, y sumaban de cuatrocientos a quinientos entre voluntarios y soldados. Bien pronto se encontraron en medio del río y bastante cerca de la ribera, por cuyo motivo, y para no hacerlos zozobrar, la artillería de Chippewa tuvo que suspender su acción.

Inmediatamente que los defensores de la isla observaron esto, comenzaron a hostilizarlos desde las rocas que les servían de parapeto, contestando con sus fuegos a su vez los soldado y sin cesar por ello de manejar, los largos remos de sus embarcaciones.

Como es de suponer, no tardaron mucho tiempo en arribar, y, por consiguiente tuvieron que prepararse ambas partes beligerantes para una lucha cuerpo a cuerpo.

Juan, en medio de una lluvia de balas y al descubierto, mandaba bizarramente a su hueste.

—¡Resguardaos detrás de alguna roca! —gritóle Vicente Hodge.

—¿Yo? —respondió.


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