Familia sin nombre

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Algunos pasajeros pudieron huir, bien saltando al muelle de Schlosser, o tirándose al agua para llegar a algún punto de la orilla, en donde Mac-Leod y sus secuaces no se atrevieron a perseguirlos, pues la alarma había empezado a cundir, por el pueblo, y los habitantes salían ya de las casas para socorrer a aquellos infelices patriotas.

Clary arrodillada al lado de Juan, sostenía su cabeza y le hablaba.

Este acto de salvajismo apenas duró una hora, y buen número de víctimas se hubieran salvado del degüello si el infame Mac-Leod no hubiese estado a la cabeza de los asesinos.

En efecto; aquel miserable llevó en su barca cierta cantidad de materias inflamables, que hizo amontonar en el puente de la Carolina, y, en pocos segundos, el casco y los aparejos fueron presa de llamas Al mismo tiempo mandó cortar las amarras, y el buque, vigorosamente empujado hacia el centro del río, fue llevado por la corriente.

La situación de aquellos infelices era espantosa.

Tres millas más allá, el Niágara se hundía en el abismo de las cataratas.

Pensando en esto, cinco o seis desgraciados, exaltados por el terror, se precipitaron en el río; pero alguno solamente pudo llegar a la orilla, luchando con la velocidad de las aguas.


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