Familia sin nombre

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Nunca se supo el número de víctimas sacrificadas por los degolladores del teniente Drew, o ahogados por querer librarse de las llamas. La Carolina corría a impulsos de la corriente, como un brulote ardiendo. El incendio ganaba la popa, y Clary, de pie, y en el colmo del espanto, clamaba con angustioso afán y llamaba.

Juan la oyó, por fin, abrió los ojos, se incorporó a medias, y paseó la vista a su alrededor.

Con la claridad de las llamas se podía notar con cuanta rapidez desaparecían las orillas.

Juan vio a la joven a su lado.

—¡Clary! —murmuró.

Si hubiera tenido fuerzas, la hubiera cogido en brazos, y, tirándose con ella a la corriente, hubiera intentado salvarla; pero, no pudiendo ya sostenerse, cayó de nuevo sobre el puente…

El mugido de las cataratas se oía ya a menos de media milla de distancia.

Era la muerte para ella y para él, lo mismo que para las demás víctimas que la Carolina arrastraba consigo.

—¡Juan! —dijo Clary—. ¡Vamos a morir… a morir juntos…!

¡Juan, te amo…! ¡Hubiera estado muy orgullosa de llevar tu nombre…! ¡Sí, Juan; pero Dios no lo ha querido…!


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