Familia sin nombre

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Llegaron los últimos días de Noviembre. ¡Qué penoso se hace el andar cuando es preciso arrostrar los malos tiempos, esa brisa glacial y esos rigurosos fríos propios del invierno en el país de los lagos! Cuando atravesaban algún lugar, los hijos compraban algunas provisiones, mientras que el padre daba la vuelta por las afueras. Descansaban, cuando podían, en alguna choza abandonada, y si no en el hueco de alguna roca o debajo de los árboles de los inmensos bosques que cubren aquel terreno.

Simón Morgaz estaba cada vez más sombrío y más huraño; no cesaba de disculparse delante de su familia, como si un invisible acusador, encarnizándose con él, le repitiera a cada instante: «¡traidor…!, ¡traidor…!». No se atrevía a mirar cara a cara ni a Bridget ni a sus hijos, por más que aquélla procurara darle ánimo con afectuosas palabras, y si bien Joann continuaba guardando silencio, Juan decía:

—¡Padre… padre…! No te dejes abatir de ese modo. ¡El tiempo te hará justicia contra los calumniadores…! ¡Reconocerán que se han equivocado… que las apariencias te han sido contrarias…! ¿Cómo es posible, padre, que hayas hecho traición a tus compañeros y que hayas vendido a tu país…?

—¡No…!, ¡no…! —respondía Simón Morgaz con voz tan débil, que apenas se dejaba oír.


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