Familia sin nombre
Familia sin nombre La desgraciada familia, errante de pueblo en pueblo y de ciudad en ciudad, llegó así hasta el extremo occidental del lago, a algunas millas del fuerte de Toronto. Dando la vuelta al litoral, bastaría bajar hasta el río Niágara, y atravesarlo en el sitio en que desemboca en el lago para llegar a la orilla americana.
¿Era, pues, allí en donde Simón Morgaz quería detenerse? ¿No fuera mejor ir más hacia el Oeste, hasta alcanzar una comarca tan lejana, adonde no hubiera llegado a saberse la noticia de la infamia recaída en su nombre? Pero ¿cuál era el sitio que buscaba? Ni su mujer ni sus hijos lo sabían; iban siempre andando, y se contentaban con seguirlo sin hacerle ninguna pregunta.
El 3 de Diciembre, cerca del anochecer, aquellos infelices, extenuados por el cansancio y la necesidad, hicieron alto en una cueva, medio obstruida por la maleza y las zarzas; alguna guarida, abandonada quizás por las fieras en aquel momento. Las pocas provisiones que les quedaban habían sido colocadas encima de la arena; Bridget sucumbía bajo el peso del cansancio moral y físico. Era preciso que la familia Morgaz consiguiera de una tribu india, en el pueblo más próximo, algunos días de hospitalidad, que los canadienses le rehusaban sin piedad.
Joann y Juan, acosados por el hambre, comieron un poco de venado frito; pero aquella noche Simón y Bridget no quisieron tomar ningún alimento.