Familia sin nombre

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—¡El fuego fatuo!

—¡El fuego fatuo! —exclamó el Sr. Nick—. ¿Diriges tus versos a los fuegos fatuos?

Y sin duda el notario iba a combatir los djinns, los elfes, los brownies, los trasgos, los duendes, las ondinas y todas las poéticas figuras de la mitología escandinava, cuando el cartero llamó a la puerta y apareció en el umbral.

—¡Ah, sois vos, amigo mío!, —dijo el señor Nick: os había tomado por un fuego fatuo.

—¡Un fuego fatuo, Sr. Nick! —respondió el cartero—. ¿Me parezco acaso a…?

—No, no; os parecéis a un cartero que me trae una carta.

—Aquí está, Sr. Nick.

—Gracias, amigo.

El cartero se retiró en el momento en que el notario, viendo el sobre de la carta, la abría con viveza.

Lionel pudo entonces recuperar su pliego de papel, y, doblándolo, se lo metió en el bolsillo.

El notario leyó la carta con extremada atención, y después volvió el sobre para mirar el timbre y la fecha de salida.


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