Familia sin nombre
Familia sin nombre —¿Estáis bueno, Sr. Nick?
—SÃ, Tom, es de desear que gocéis tan buena salud como yo, porque asà no os arruinaréis comprando medicamentos…
—Ni tendré que pagar al médico, —respondió Tom.
—¿Cuándo partimos? —preguntó el notario.
—Al instante.
—¿Hay otros viajeros más que nosotros?
—TodavÃa no, —replicó Tom—; pero tal vez venga alguno en el último momento…
—Asà lo deseo, Tom, porque me gusta hablar durante el viaje, y para esto es indispensable tener compañÃa.
Sin embargo, parecÃa probable que los deseos del Sr. Nick no se verÃan cumplidos por esta vez, pues los caballos estaban enganchados, Tom hacÃa chasquear su látigo y nadie se presentaba para ocupar los asientos vacÃos.
El notario se sentó en el fondo del vehÃculo al lado de Lionel. Tom echó una última mirada arriba y abajo de la calle, montó después en el pescante, recogió las riendas, y arreando a los caballos, el coche echó a andar en el momento que algunas personas que pasaban y conocÃan al Sr. Nick (¡quién no conocÃa a aquel hombre excelente!) le deseaban un feliz viaje, a lo que respondió saludando con la mano.