Familia sin nombre

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—¡Bien, joven poeta! —dijo el viajero.

—Sí, no está del todo mal, —añadió el señor Nick—. ¿De dónde sacas tú todo esto…? ¿Pero supongo que ya has concluido?

—Todavía no, —respondió Lionel, que prosiguió con voz cada vez más acentuada:

Pero si es el amor, ¡oh niña!

que le mueve a lo lejos ante tu vista,

déjale solo entregado a su placer;

guarda tu corazón.

Ese fuego brilla, brilla mucho, pero no quema.

—¡Burladas las muchachas! —exclamó el notario—. Mucho me hubiera sorprendido que no se hablara algo de amor en estos acordes anacreónticos. Después de todo, es cosa propia de su edad. ¿No sois de mi parecer, caballero?

—En un todo, —respondió el desconocido—, e imagino que…

El joven interrumpió la frase viendo a un grupo de hombres apostados en la orilla del camino, y a uno de éstos que hacía señas al cochero para que se detuviera.

Éste paró los caballos, y aquéllos se acercaron al coche.

—Me parece que es el Sr. Nick, —dijo uno de aquellos individuos, descubriéndose con cortesía.


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