La casa de vapor

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Había llegado la noche; centenares de barcos empavesados, iluminados con faroles de muchos colores y llenos de cantores e instrumentos, se cruzaban en todos sentidos por las aguas del río. En la orilla izquierda, quemaban fuegos artificiales muy variados, que me recordaban que no estábamos muy lejos del Celeste Imperio, donde son tan comunes. Sería difícil describir este espectáculo, verdaderamente incomparable. No pude saber con qué motivo se celebraba aquella fiesta nocturna que parecía improvisada y en la cual tomaban parte los indios de todas clases. En el momento en que concluía, la góndola tocaba en la otra orilla.

Fue aquella, pues, como una visión que no tuvo más duración que la de los fuegos efímeros que iluminaron por un instante el espacio y se extinguieron en la oscuridad. Pero ya he dicho que la India reverencia 300 millones de dioses, subdioses, santos y subsantos de toda especie, y el año no tiene bastantes horas, ni minutos, ni segundos para festejar tanto número de divinidades.

Cuando estuvimos de regreso en el campamento, el coronel Munro y MacNeil habían vuelto ya. Banks preguntó al sargento si había ocurrido algo nuevo durante nuestra ausencia.

—Nada —respondió MacNeil.

—¿No han visto ustedes por aquí ninguna persona sospechosa?


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