La casa de vapor
La casa de vapor Una docena de grupos magníficos de árboles se desplegaba en aquella llanura, pareciendo que se habían destacado como tropas irregulares del inmenso bosque que eriza los flancos del contrafuerte, subiendo sobre los cerros inmediatos a una altura de seiscientos metros. Cedros, encinas, pandanos de largas hojas, arces, se mezclaban con los bananeros, los bambúes, las magnolias, los algarrobos y las higueras del Japón. Algunos de estos gigantes extendían sus últimas ramas a más de cien pies sobre el suelo, y parecían haber sido plantados en aquel sitio para dar sombra a algunas habitaciones rústicas. La «Casa de Vapor» venía a propósito para completar el paisaje; los techos redondeados de sus dos pagodas casaban muy bien con todo aquel ramaje variado de ramas rígidas o flexibles, de hojas pequeñas y frágiles como alas de mariposas, o anchas y largas como papayas polinesias. El tren de carruajes se ocultaba bajo una espesura de verdor y de flores; no se descubría desde fuera la casa movible; parecía una habitación sedentaria fijada en el suelo y construida para no moverse nunca de allí.
Por la parte posterior corría un torrente cuya cinta argentada podía seguirse hasta muchos miles de pies de altura, vertiéndose a la derecha del cuadro en un estanque natural sombreado por un bosquecillo de magníficos árboles.