La casa de vapor
La casa de vapor —Pues, amigo Banks, valen tanto como los coches del ferrocarril con sus mullidos almohadones. Deme usted a mà grandes bueyes blancos, que sostienen perfectamente el galope, y que se cambian cada dos leguas en las paradas de postas…
—SÃ, y que arrastran tartanas de cuatro ruedas que le sacuden a uno, como son sacudidos los pescadores en sus barcas en un mar agitado.
—Pase por las tartanas, Banks —respondió el capitán Hod—; pero ¿no tenemos carruajes de tres y cuatro caballos, que pueden rivalizar con nuestros convoyes, dignos en efecto de llevar ese nombre fúnebre? PreferirÃa el sencillo palanquÃn…
—Esos sà que son verdaderos ataúdes —dijo Banks—, cajas de seis pies de longitud y cuatro de anchura, donde va uno tendido como un cadáver.
—Puede ser, pero no hay sacudidas, ni movimiento violento; se puede leer y escribir, y hasta dormir sin que le despierten a uno en cada estación. Con un palanquÃn de cuatro o seis gamales[1] bengalÃes se pueden andar cuatro millas y media por hora, y no se arriesga uno como en vuestros trenes expresos a llegar antes de haber salido…, cuando se llega.
—Lo mejor —dije yo entonces— serÃa poderse llevar la casa a cuestas.
—SÃ, como el caracol —exclamó Banks.