La casa de vapor
La casa de vapor —Amigo mío —respondí yo—, un caracol que pudiera dejar su concha y regresar a ella cuando quisiera no sería tan digno de compasión. Viajar dentro de su casa, en una casa con ruedas, sería probablemente el último adelanto del progreso en materia de viajes.
—Tal vez —dijo entonces el coronel Munro—, viajar sin salir de su casa, llevar consigo el hogar y todos los recuerdos que lo componen, variar continuamente el horizonte, modificar su punto de vista, su atmósfera, su clima, sin cambiar nada en los hábitos de su vida ordinaria…, sí…, eso tal vez…
—Con eso evitaríamos esos bungalows destinados a los viajeros —respondió el capitán—, donde no hay comodidad alguna y donde no se puede residir sin un permiso de la autoridad local.
—No tendríamos que sufrir esas posadas detestables en que a uno le desnudan moral y físicamente, de todas maneras —dije yo, no sin motivo.
—Llevaríamos el carruaje de los saltimbanquis —exclamó el capitán Hod—, pero perfeccionado. ¡Qué invención! Detenerse cuando uno quiere, ponerse en marcha cuando mejor le parece; llevar uno consigo no solo su cuarto de dormir, sino su salón, su comedor, su sala de fumar y, sobre todo, su cocina y su cocinero; esto sí que sería progreso, amigo Banks; esto sería cien veces superior a los ferrocarriles. Atrévase usted a desmentirme, señor ingeniero, atrévase.