La casa de vapor

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Nos detuvimos, pues, y se organizó el campamento para la noche. A la mañana siguiente, al amanecer, mientras el proveedor tomaba el camino del sureste, nosotros, cortando aquel camino en ángulo recto, debíamos seguir sobre poco más o menos el meridiano setenta y siete. Pero al mismo tiempo que Mathias Van Guitt se separaba de nosotros, debía separarse de la parte de su personal que no le era ya útil. No necesitaba a nadie más que a dos indios para el servicio de las jaulas, durante un viaje que debía durar solo dos o tres días. En el puerto de Bombay, donde le esperaba un buque que debía salir para Europa, se haría el transbordo de sus mercancías por los cargadores ordinarios del puerto, y de aquí resultó que algunos chikaris quedaran sin empleo, Kalagani entre ellos.

Sabido es cómo y por qué habíamos tomado cierto afecto a este indio, a consecuencia de los servicios que había prestado al coronel Munro y al capitán Hod.

Cuando Mathias Van Guitt despidió a su gente, Banks creyó observar que Kalagani no sabía qué hacer, y le preguntó si le convenía acompañamos hasta Bombay.



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