La casa de vapor
La casa de vapor Kalagani había sido el primero en darnos estos consejos, no porque no estuviéramos bien armados y en número bastante, pues nuestra pequeña tropa, con sus dos casas y la torrecilla, verdadera fortaleza que el Gigante de Acero llevaba en su espalda, ofrecía cierta superficie de resistencia, para emplear una expresión a la moda; y los merodeadores dacoits u otros, aunque fuesen thugs, si quedaban algunos en aquella parte salvaje del Bundelkund, lo hubieran pensado mucho antes de acometernos.
Pero la prudencia no está nunca de más, y era preferible estar prontos a todo evento.
En los primeros días de viaje llegamos a la garganta de Sirgur y el tren entró en ella sin gran trabajo. Algunas veces, al subir los desfiladeros, bastante ásperos, fue preciso forzar el vapor; pero el Gigante de Acero, bajo la mano de Storr, desplegaba instantáneamente la fuerza necesaria, y muchas veces subimos ciertas rampas de 12 a 15 centímetros por metro.