La casa de vapor

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Una columna mandada por el coronel Nicholson persiguió a un regimiento indígena que marchaba hacia Delhi. Los rebeldes no tardaron en ser alcanzados, derrotados y dispersados, y el coronel Nicholson entró con ciento veinte prisioneros en Peshawar. Todos fueron indistintamente condenados a muerte; pero solamente uno de cada tres debía ser ejecutado. Se pusieron diez cañones en el campo de maniobras y a cada una de las bocas fue atado un prisionero, y cinco veces los diez cañones hicieron fuego cubriendo la llanura de restos informes en medio de una atmósfera apestada por la carne quemada. Los prisioneros, según monsieur Valbezen, murieron casi todos con la suprema indiferencia que los indios saben conservar frente a la muerte. «Señor capitán —dijo a uno de los oficiales que presidían la ejecución un hermoso cipayo de veinte años, acariciando el instrumento de muerte—, señor capitán, no hay necesidad de atarme porque no pienso escapar».

Tal fue aquella primera ejecución que debía ser seguida de tantas otras.

El mismo día, en Lahore, el brigadier Chamberlain, después de la ejecución de dos cipayos del regimiento 55, comunicaba a las tropas indígenas la siguiente orden del día:


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