La caza del meteoro

La caza del meteoro

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Sabido es que Mr. Forsyth tenía miedo de explicarse con Mitz. Él no ignoraba que estas explicaciones no solían terminar en provecho suyo; juzgaba, por ende, más prudente no exponerse a ellas.

En esta ocasión, después de haber echado una rápida mirada al rostro de Mitz, que le hizo el efecto de una bomba cuya mecha está ardiendo y que no tardaría en estallar, Mr. Forsyth, deseoso de ponerse al abrigo de los efectos de la explosión, batióse en retirada hacia la puerta. Pero antes de haberla abierto se encontró con su anciana sirvienta, que se le había interpuesto y clavaba en los suyos temerosos sus ojos irritados.

—Señor —díjole—, tengo que hablar ahora mismo con usted.

—¿Conmigo, Mitz...? El caso es que en este momento apenas si tengo tiempo para escucharte.

—¡Hombre! Tampoco yo tengo mucho tiempo, señor, puesto que tengo que fregar toda la vajilla del almuerzo; pero sus tubos de usted pueden esperar, como pueden esperar mis platos.

—¿Y «Omicron»...? Me parece que me llama.

—¿Su ami Krone...? También él es un Joli Coco. Ya tendrá su ami Krone nuevas mías una de estas mañanas. Puede usted prevenirlo. Como dijo el otro, la bonne entena l'heure et te salue. Repítale esto, palabra por palabra, señor.


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