La caza del meteoro
La caza del meteoro Esto era cierto, y en aquella persistencia del mal tiempo había bastante para enfurecer a Mr. Forsyth y al doctor Hudelson. Desde hacía cuarenta y ocho horas el cielo estaba cubierto de densas nubes; por el día, ni un rayo de sol, y por la noche ni una radiación de las estrellas. En semejantes condiciones, imposible observar el espacio y volver a ver el bólido tan vivamente disputado. Hasta debía considerarse como probable que las circunstancias atmosféricas no favorecieran tampoco a los astrónomos del Estado de Ohio o del Estado de Pennsylvania, de igual modo que a los demás observatorios del Antiguo y Nuevo Continente. Efectivamente, ninguna nueva nota concerniente a la aparición del meteoro había visto la luz en los periódicos. Verdad era que aquel meteoro no presentaba un interés tal que debiera conmoverse el mundo científico. Tratábase, al fin y al cabo, de un hecho cósmico bastante vulgar, y se necesitaba ser un Dean Forsyth o un Hudelson para espiar el meteoro con aquella impaciencia que en ellos bordeaba ya la rabia.
Mitz, una vez que su amo se convenció de la imposibilidad absoluta de librarse de ella, prosiguió, cruzándose de brazos:.
—Mr. Forsyth, ¿se habría usted olvidado, por casualidad, de que tiene un sobrino que se llama Francis Gordon?