La caza del meteoro
La caza del meteoro —¡Ah! ¡Ese querido Francis! —respondió Mr. Forsyth, moviendo la cabeza con benevolencia—. No, no le olvido... ¿Cómo está mi buen Francis?
—Muy bien, gracias, señor.
—Creo que hace mucho tiempo que no le veo.
—Efectivamente, desde el almuerzo.
—¿De verdad?
—¿Tiene usted, pues, los ojos en la Luna, señor? —preguntó Mitz, obligando a su amo que se volviese hacia ella.
—No, no, mi buena Mitz... Pero, ¿qué quieres...? Estoy un poco preocupado.
—Preocupado hasta el punto de que parece haber olvidado una cosa muy importante.
—¿Olvidado una cosa importante...? ¿Y cuál es?
—Que su sobrino va a casarse.
—¡Casarse...! ¡Casarse...!
—¿No me pregunta usted de qué matrimonio se trata?
—¡Oh! ¡No, Mitz...! Pero, ¿a qué tienden todas esas preguntas?
—¡Vaya una gracia...! Creo que no hace falta ser brujo para saber que una pregunta se hace para obtener una respuesta.
—¿Una respuesta a propósito de qué?