La caza del meteoro
La caza del meteoro —SÃ, robado; abominablemente robado... —¿Y qué es lo que le ha robado? ¿Su reloj? ¿Su bolsillo...?
—¡Mi bólido!
—¡Ah! ¡Otra vez el beau lidel —replicó la vieja sirvienta, recalcando las palabras de la manera más irónica y más desagradable para Mr. Forsyth—. ¡HacÃa mucho tiempo que no se habÃa hablado de su famoso met dehors... A Pero, ¿es posible, Dios mÃo, que se ponga uno en semejante estado por una máquina que se pasea...? ¿Es acaso que su beau lide era de usted más que de Mr. Hudelson? ¿Ha puesto usted por ventura su nombre encima...? ¿Es que no pertenece a todo el mundo, a no importa quién, a mÃ, a mi perro, si yo tuviese alguno... Gracias al Cielo, no le tengo... ¿Es que lo ha comprado usted con su dinero..., o lo ha heredado tal vez?
—¡Mitz! —gritó Mr. Forsyth, que ya no era dueño de sà mismo.
—¡No hay Mitz! —profirió la sirvienta, cuya exasperación desbordaba—. ¡Caramba! Se necesita ser bestia, como Saturno, para enfadarse con un viejo amigo a propósito de un sucio guijarro que nadie volverá a ver jamás.
—¡Cállate, cállate! —protestó el astrónomo.
—No, señor, no me callaré, y puede usted llamar al bruto de su ami Krone en su ayuda.