La caza del meteoro
La caza del meteoro Ese retorno del meteoro constituía un hecho del mayor interés —¡si es que el meteoro mismo ofrece alguno!—. Puesto que permanecía a la vista del mundo sublunar, era que seguía decididamente una órbita cerrada. No era una de esas estrellas errantes que desaparecen después de haber rozado las últimas capas atmosféricas, uno de esos asteroides que se muestran una vez y van luego a perderse a través del espacio, uno de esos aerolitos cuya caída no tarda en seguir a la aparición. No, este meteoro volvía, giraba en torno de la Tierra como un segundo satélite. Merecía, por consiguiente, que se dedicasen a él, y por eso debe disculparse el empeño que en disputárselo ponían Mr. Dean Forsyth y el doctor Hudelson.
Obedeciendo el meteoro a leyes constantes, nada se oponía a que se calculasen sus elementos. En todas partes se cuidaban de ello; pero no es necesario decir que en ninguna parte se desarrollaba la actividad que en Whaston. Con todo, para que el problema fuese íntegramente resuelto, necesitábanse aún muchas observaciones.
El primer punto, la trayectoria del bólido, fue determinada cuarenta y ocho horas más tarde por unos matemáticos que no se llamaban Dean Forsyth ni Hudelson.