La caza del meteoro
La caza del meteoro La comodidad de estas observaciones era indudablemente desigual, como lo era la altura del bólido sobre el horizonte; pero tan numerosas eran las veces que éste pasaba, que semejante inconveniente tenía muy poca importancia. Si no volvía ya al cénit matemático de Whaston, donde, por una milagrosa casualidad, se le había visto una primera vez, andaba todos los días tan cerca que era prácticamente lo mismo.
Así, pues, los dos apasionados astrónomos podían embriagarse libremente en la contemplación del meteoro, cruzando raudo el espacio por encima de su cabeza y espléndidamente adornado de una brillante aureola.
Devorábanle ellos con sus miradas; acariciábanle con los ojos. Cada uno de ellos le llamaba con su propio nombre, el bólido Forsyth, el bólido Hudelson. Era su hijo, la carne de su carne. Pertenecíales como el hijo pertenece a sus padres; más aún: como la criatura al Creador. Su vista no cesaba de emocionarles. Sus observaciones, las hipótesis que deducían de su marcha, de su forma aparente, dirigíanlas al observatorio de Pittsburg, y sin olvidarse nunca de reclamar la prioridad de su descubrimiento.
Pronto esta lucha, todavía pacífica, no fue bastante para satisfacer su animosidad. No contentos con haber roto las relaciones diplomáticas, cesando en sus relaciones personales, fueles preciso la batalla franca y la guerra oficialmente declarada.