La caza del meteoro

La caza del meteoro

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—¿Es que tú continúas yendo a casa de los Hudelson?

—¡Ya lo creo, tío! —respondió Francis, con voz firme.

—¿Y por qué no había de ir a casa de los Hudelson? —preguntó Mitz en tono agresivo.

—No es a usted a quien yo hablo, Mitz —gruñó Mr. Forsyth.

—'Pero yo soy la que le respondo, señor. Un perro parla a un obispo.

Mr. Forsyth se encogió de hombros, y se volvió hacia Francis.

—Ya le he contestado yo también. Sí, voy todos los días.

—¿Después de lo que el doctor me ha hecho? —exclamó Mr. Forsyth, airado.

—¿Y qué le ha hecho a usted?

—Se ha permitido descubrir...

—Lo que usted mismo descubrió; lo que todo el mundo tenía el derecho de descubrir... Porque, al fin y al cabo, ¿de qué se trata? De un simple bólido como otros mil que pasan a la vista de Whaston.

—Pierdes el tiempo, hijo mío —intervino Mitz, riendo burlonamente—. Bien claramente ves que tu tío está deslumbrado con su guijarro, del que no debía hacer más caso que del guardacantón que está en la esquina de esta casa.


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