La caza del meteoro

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Así se expresó Mitz en su lenguaje especial. Y Mr. Dean Forsyth, a quien esta réplica tuvo el don de exasperar, dijo, como un hombre que no se da cuenta de lo que dice:

—Pues bien; yo, Francis, te prohíbo poner los pies en casa del doctor.

—Siento mucho tener que desobedecer a usted, mi querido tío —declaró Francis Gordon, conservando con gran trabajo su tranquilidad; tanto era lo que le enojaba semejante pretensión—; lo siento, lo siento muchísimo, pero iré.

—Sí, ira —exclamó la vieja Mitz—, aun cuando usted nos haga a todos pedacitos.

Mr. Forsyth desdeñó esta atrevida afirmación.

—¿Persistes, pues, en tus proyectos? —preguntó a su sobrino.

—Sí, tío —afirmó éste.

—¿Y piensas casarte con la hija de ese ladrón?

—Sí, y nada en el mundo me lo impedirá.

—¡Pues nos veremos!

Y dichas estas palabras, las primeras que indicaban la resolución de oponerse al matrimonio, Mr. Dean Forsyth, dejando el comedor, se dirigió hacia la escalera de la torre, cuya puerta cerró con estrépito.


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