La caza del meteoro
La caza del meteoro ¿Será preciso repetir que los señores Forsyth y Hudelson continuaban devorándole con los ojos, que tendÃan hacia él los brazos como para estrecharle entre ellos y que le aspiraban a plenos pulmones? Hubiera sido ciertamente preferible que el meteoro se hubiese ocultado a sus miradas tras una espesa cortina de nubes, para que su vista no les hubiese excitado más. Por eso, Mitz, antes de meterse en la cama, blandÃa todas las noches sus puños en dirección al cielo. Vana amenaza: el meteoro continuaba trazando su curva luminosa en medio de un cielo sembrado de estrellas.
Lo que tendÃa a agravar las cosas era la intervención, más clara y explÃcita cada dÃa, del público en esta discordia privada. Los periódicos, con vivacidad unos, con violencia otros, tomaban partido por Dean Forsyth o por Hudelson; ninguno permanecÃa indiferente; desde lo alto de la torre y la torrecilla descendÃa la querella hasta las mesas de redacción, y eran de prever graves complicaciones. Anunciábase ya que iban a celebrarse reuniones en las que se discutirÃa el asunto.