La caza del meteoro
La caza del meteoro Cuando se produce un eclipse de sol, es sabido que los instrumentos ópticos se venden en cantidades considerables. ¡ImagÃnese ahora el lector el número de anteojos, gemelos y telescopios que se venderÃan con ocasión de aquel memorable acontecimiento! Jamás soberano o soberana, jamás cantante o bailarina ilustres fueron tanto y tan apasionadamente anteojados —permÃtasenos la palabra— como aquel maravilloso bólido, prosiguiendo indiferente y soberbio su marcha regular en lo infinito del espacio.
Él proseguÃa tan hermoso y se prestaba complaciente a las observaciones. Asà Mr. Dean Forsyth y el doctor Sydney Hudelson no abandonaban ya el uno su torre y el otro su torrecilla. Ambos se aplicaban a determinar los últimos elementos del meteoro, su volumen, su masa, sin perjuicio de las particularidades inesperadas que un estudio atento podÃa revelar. Si era imposible resolver definitivamente la cuestión de la prioridad, ¡qué ventaja para aquel de los dos rivales que lograse arrancarle alguno de sus secretos! ¿No era la cuestión del dÃa la cuestión del bólido?
¡Cuántos cálculos se efectuaron para establecer el número de los millares de millones que representaba el errante bólido! Desgraciadamente, esos cálculos carecÃan de base, toda vez que continuaban siendo desconocidas las dimensiones del núcleo.