La caza del meteoro
La caza del meteoro —¿Se imagina usted siquiera, Kate, lo que es un millar de millones?
—Es... Es...
—Mil veces un millón.
—¡Tanto...!
—SÃ, Kate, y aunque viviese cien años no tendrÃa tiempo de contarlo, aun cuando emplease en ello diez horas diarias...
—¿Es posible, señor?
—Es cierto.
La sirvienta permaneció como espantada ante el pensamiento de que un siglo no bastarÃa para contar aquella cantidad. En seguida cogió de nuevo su escoba y su plumero y reanudó su tarea. Pero en cada instante se detenÃa como sumida en su reflexiones.
—¿Y cuánto tocarÃa de eso a cada uno?
—¿De qué Kate?
—Del bólido, señor, si se le distribuyese por igual entre todo el mundo.
—Hay que calcularlo, Kate.
El juez cogió un papel y un lápiz.
—Admitiendo —dijo— que la Tierra tenga mil quinientos millones de habitantes, tocarÃa..., tocarÃa tres mil ochocientos cincuenta y nueve francos y veinte céntimos por cabeza.
—¿Nada más? —preguntó Kate desilusionada.