La caza del meteoro
La caza del meteoro —Y cuando mi intención era la de,ir hacia el Oeste, la de usted era la de ir hacia el Este.
—La cuestión del bólido ha hecho desbordar la copa.
—Así es.
—Porque usted continuará decidido, supongo yo, a colocarse al lado de Mr. Dean Forsyth.
—Absolutamente decidido.
—¿Y a marchar al Japón para asistir a la caída del meteoro?
—En efecto.
—Ahora bien; como yo, por mi parte, estoy resuelta a seguir la opinión del doctor Sydney Hudelson...
—Y marchar a la Patagonia...
—No hay reconciliación posible.
—No la hay.
—Sólo, pues, nos queda una cosa que hacer.
—Una sola.
—La de dirigirnos a casa del juez.
—Estoy dispuesto.
Los dos en fila, y a distancia de unos tres pasos, se dirigieron a la casa de Mr. Proth, seguidos a respetuosa distancia por Bertha, la doncella.
La vieja Kate estaba a la puerta.
—¿Mr. Proth? —preguntaron a la vez los Stanfort.
—Está ausente —respondió Kate.