La caza del meteoro

La caza del meteoro

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Para llegar al principio de Exeter Street, tuvieron que pasar a través de la muchedumbre, que seguía rodeando el globo aerostático; y si no era más densa esa muchedumbre, si todos los habitantes de Whaston no se hallaban reunidos en la plaza de la Constitución, era porque una atracción más sensacional absorbía entonces a gran parte del público, que desde las primeras horas de la mañana se había situado en el Palacio de Justicia, donde había de discutirse la causa más gigantesca en el pasado y en el porvenir.

Cierto que el delirio de las multitudes pareció llevado a sus límites extremos cuando el observatorio de París hizo conocer que el bólido era de oro puro; pero ese delirio no puede compararse al que se manifestó en todos los puntos de la tierra cuando Mr. Dean Forsyth y Mr. Sydney Hudelson afirmaron categóricamente que el asteroide caería.

Pero entre todos los locos, los mayores a buen seguro fueron los autores de la emoción que sacudía la tierra.

Hasta aquel momento ni Mr. Dean Forsyth ni el doctor Hudelson habían entrevisto semejante eventualidad. Si con tanto ardor habían reclamado la prioridad en el descubrimiento del bólido, no era a causa de su valor, sino porque se le diera su respectivo nombre al meteoro.


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