La caza del meteoro
La caza del meteoro Es de suponer que Mr. Dean Forsyth y el doctor Hudelson no reflexionaban, porque ellos al menos no se tranquilizaban; muy lejos de ello. Desde los extremos de la sala se amenazaban mutuamente con los puños y arengaban a sus respectivos partidarios.
—No calificaré yo este juicio —clamaba Mr. Dean Forsyth con voz estentórea—. ¡Es completamente insensato!
—¡Este juicio es absurdo! —gritaba al propio tiempo Mr. Hudelson.
—¡Decir que mi bólido no caerá...!
—¡Dudar de la caÃda de mi bólido...!
—¡Caerá donde yo he dicho...!
—¡Yo he señalado el lugar de su caÃda...!
—Y ya no se me hace justicia...
—En vista de que no hay aquà justicia...
—Iré a defender mis derechos hasta el fin, y parto esta misma tarde...
—Sostendré mi derecho hasta el último extremo, y hoy mismo me pongo en camino.
—Para el Japón —dijo Mr. Dean Forsyth.
—Para la Patagonia —agregó a su vez el doctor Hudelson.
—¡Hurra! —respondieron a un mismo tiempo los hombres de los dos campos contrarios.