La caza del meteoro

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Pronto estas exclamaciones se fundieron en un solo grito:

—¡A la estación! —gritaron ambos bandos de acuerdo.

Los policías dejaban hacer con indiferencia, hallándose ya descartado todo temor de perturbaciones graves. Ningún riesgo había, en efecto, en que sobreviniese una colisión entre los dos cortejos, uno de los cuales conducía triunfalmente a Mr. Dean Forsyth a la estación del Oeste, primera etapa para el Japón; y el otro escoltaba, no menos triunfalmente, al doctor Sydney Hudelson a la estación del Este, término de la línea de Nueva York, en donde él se embarcaría para la Patagonia.

Poco a poco fueron decreciendo las vociferaciones de ambos grupos, hasta que se extinguieron por completo en la lejanía.

Mr. John Proth, que desde el umbral de su puerta se había entretenido en mirar a la vociferante multitud, pensó entonces que era ya hora de almorzar, e hizo un movimiento para entrar en su casa.

En aquel momento fue abordado por un caballero y una señora que habían avanzado hasta él.

—Una palabra, señor juez —dijo el caballero.

—A la disposición de usted, Mr. y Mrs. Stanfort —respondió el juez con amabilidad.


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