La caza del meteoro
La caza del meteoro En lo que concierne, a Mr. Dean Forsyth y al doctor Sydney Hudelson, el primero recibió la noticia en San Luis, Estado de Missouri; y el segundo en Nueva York. Ambos enrojecieron de vergüenza.
Por cruel que su humillación fuera, no tenían más remedio que inclinarse; no se discute con un sabio como Lowenthal.
Volviéronse, pues, con las orejas gachas a Whaston, sacrificando los billetes, que ya tenían pagados, para San Francisco el uno y hasta Buenos Aires el otro.
De vuelta a sus domicilios respectivos, subieron impacientes a su torre el uno y el otro a su torrecilla. Poco tiempo les bastó para comprender que el director del observatorio de Boston tenía razón sobradísima, ya que muy a duras penas lograron encontrar su bólido vagabundo y al cual no descubrieron en el sitio en que, según sus cálculos, debía encontrarse, lo cual probaba claramente que se habían equivocado de medio a medio.
Mr. Dean Forsyth y el doctor Hudelson no tardaron en experimentar los efectos de su lastimoso error. ¿Dónde eran idos aquellos brillantes cortejos que les habían conducido triunfalmente a la estación? Indudable era que el favor público se había retirado de ellos.
¡Qué doloroso hubo de parecerles, después de haber saboreado a grandes sorbos la popularidad, el verse de súbito privados de aquel brebaje embriagador!