La caza del meteoro
La caza del meteoro En la mañana del siguiente dÃa iba, en efecto, a producirse un acontecimiento propio para desacreditar los trabajos de la Conferencia Internacional y a comprometer de una manera definitiva su resultado. Si habÃa sido posible, mientras se estaba en la ignorancia acerca del lugar en que caerÃa el bólido, el discutir todos los modos posibles de repartición, ¿podrÃa continuarse esta discusión cuando dicha ignorancia hubiese tenido fin y término definitivo? ¿Era posible pedir la repartición, después de celebrarse la loterÃa, al agraciado con el premio gordo? . Una cosa era cierta, en todo caso, y es que semejante repartición no podrÃa ya hacerse amistosamente; jamás consentirÃa de buen grado en ello el paÃs que hubiese sido favorecido por la suerte.
Nunca, en lo sucesivo, se verÃa tomar parte en las sesiones y participar de los trabajos de la Conferencia Internacional a Mr. Schnack, delegado de Groenlandia, el afortunado a quien en su nota cotidiana J. B. K. Lowenthal atribuÃa aquella mañana los millones errantes.
Desde hace unos diez dÃas —escribÃa el sabio director del observatorio de Boston— hemos hablado en muchas ocasiones de un cambio importante sobrevenido en la marcha del bólido. Sobre ello discutiremos hoy con mayor precisión, habiéndonos convencido el tiempo transcurrido del carácter definitivo de ese cambio, y permitiéndonos actualmente él cálculo determinar sus consecuencias.