La caza del meteoro
La caza del meteoro Acababa Mr. Seth Stanfort de llegar a Toronto, la capital actual del Dominio, cuando tuvo conocimiento de la sensacional comunicación de J. B, K. Lowenthal.
Aun cuando la caída hubiera debido tener efecto a algunos millares de leguas, en las regiones más recónditas del Asia o del África, habría hecho él lo imposible por trasladarse allá.
Y no es que este fenómeno meteórico le interesase extraordinariamente; pero asistir a un espectáculo que sólo contaría con un número relativamente reducido de espectadores, ver lo que millones de seres humanos no verían, era cosa para tentar a un caballero aventurero, gran aficionado a los viajes, y al que su fortuna permitía realizar los más fantásticos itinerarios.
Por otra parte; no se trataba de partir para los antípodas. El teatro de aquel acontecimiento astronómico se encontraba a las puertas del Canadá.
Tomó, pues, Mr. Seth Stanfort el primer tren que salía para Quebec; y ya aquí el que salía para Boston a través de las llanuras del Dominio y de la Nueva Inglaterra.
Cuarenta y ocho horas después del embarque de este caballero, el Mozik, sin perder de vista la tierra, pasó al lago de Portsmouth, y de Portland después, al alcance de los semáforos.