La caza del meteoro
La caza del meteoro Ambos esposos se aproximaron y se dieron la mano como para sellar el acto que acababan de realizar.
Luego, cada uno de ellos presentó al juez un billete de quinientos dólares.
—Como honorarios —dijo Mr. Seth Stanfort.
—Para los pobres —dijo Mrs. Arcadia Stanfort.
Y uno y otro, después de inclinarse ante el juez, soltaron las riendas a sus caballos, que se lanzaron en la dirección del Faubourg de Wilcox.
—¡Muy bien...! ¡Muy bien...! —exclamó Kate, hasta tal punto paralizada por la sorpresa, que, por rara excepción, habíase quedado diez minutos sin hablar.
—¿Qué quiere decir esto, Kate? —preguntó el juez Proth.
La anciana Kate soltó la punta de su delantal, que desde hacía un instante retorcía como un cordelero de profesión.
—Mi opinión, señor juez —dijo—, es que esas gentes están locas.
—Sin duda, venerable Kate, sin duda —aprobó Mr. John Proth, cogiendo de nuevo su pacífica regadera—. Pero ¿qué tiene eso de extraño? ¿No están siempre un poco locos todos los que se casan?