La caza del meteoro
La caza del meteoro Pero nadie, tan grande era el general apresuramiento, nadie advirtió esta partida, bastante singular, por cierto.
Correr lo más de prisa posible; tal era la obsesión de aquella muchedumbre, en la que se contaban algunas mujeres y hasta algunos niños y unas pocas niñas.
Se avanzaba en desorden, empujándose, atropellándose unos a otros. Uno, sin embargo, habÃa, al menos, que conservaba toda su calma y tranquilidad, en medio de la general confusión. En su calidad de globe trotter, a quien nada podrÃa conmover, Mr. Seth Stanfort conservaba, en el aturdimiento de los demás, su dilettantismo, un poco desdeñoso. Hasta —¿era por su extremada cortesÃa o por algún otro sentimiento?—, hasta habÃa comenzado por volver francamente la espalda a la dirección seguida por sus compañeros para dirigirse al encuentro de Mrs. Arcadia Walker y ofrecerle su compañÃa.
¿No era natural, después de todo, y dadas sus excelentes relaciones de amistad, que ellos marchasen juntos y en buena armonÃa al descubrimiento del bólido?
—¡Por fin ha caÃdo, Mr. Stanfort! —Tales fueron las primeras palabras que pronunció Mrs. Arcadia Walker.
—¡Ha caÃdo por fin! —contestó Mr. Seth Stanfort.