La caza del meteoro

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No era cosa, por lo tanto, de protestar de la malicia de los simpáticos jóvenes, que marchaban entre ellos.

—El delegado va a ser el primero en tomar posesión del bólido —gruñó Mr. Dean Forsyth.

—Y a ponerle la mano encima —añadió el doctor Hudelson, creyendo contestar a Francis Gordon.

—¡Pero eso no habrá de impedirme el hacer valer mis derechos! —exclamó Mr. Dean Forsyth, dirigiéndose a Jenny.

—¡Seguramente que no! —añadió, aprobando, Mr. Sydney Hudelson, que pensaba en los suyos.

Con intensa satisfacción de la hija de uno de ellos y del sobrino del otro, parecía verdaderamente que ambos adversarios, olvidando rencillas personales, uniesen sus odios comunes contra un solo enemigo.

A consecuencia de un feliz concurso de circunstancias, el estado atmosférico se había modificado por entero. La tormenta había ido cesando a medida que el viento caía hacia el Sur.

Aunque el sol no se elevaba todavía más que algunos grados sobre el horizonte, brillaba, por lo menos, a través de las últimas nubes.

Desde la ciudad hasta la punta podía muy bien contarse una larga legua, que era necesario franquear a pie. No era Upernivik quien podía suministrar un vehículo cualquiera.


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